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TE ORA KEI MURI

Por Carmen Elisa Benavides  |  Regional Cali


TITULO

CARMEN ELISA BENAVIDES M.

LITERATURA

TE ORA KEI MURI

CALI


Antonio fue llevado por el equipo  multidisciplinario al  gran el salón,  el TE ORA KEI MURI,   donde fueron  trasladados equipos con tecnología de punta  que medirían cada una de sus funciones vitales,  el grado de agudeza de los sentidos,  el estado de las articulaciones y  la presión intracraneal.  Una máquina de ventilación mecánica  se auto regularía  de acuerdo a los requerimientos.   Un sofisticado equipo lo alimentaría de manera sincronizada. El TE ORA KEI MURI fue aislado  con láminas de acero inoxidable de grueso calibre y se instaló un equipo electrónico que percibiría las necesidades de calor o frio de su cuerpo. El equipamiento del cuarto estaba programado para quince años.  Tan pronto se cumplieran los quince años,  los equipos se apagarían y las notas de un saxofón interpretando “Caravan”, despertarían a Antonio.       

Aunque las relaciones de Manuel con su hijo Antonio no eran nada emotivas, aún así nunca quiso enviarlo fuera de la isla  — tal vez sentía temor de perderlo —    

Antonio   —dijo Manuel,  el virus que azota el mundo es letal, no respeta ni edad ni sexo. La pandemia dejará tras de sí una estela de muerte que llegará a los confines de la tierra.   Cuando despiertes,  los seres humanos ya habrán olvidado la tragedia y la vida en la isla florecerá de nuevo.

Sin lágrimas se unieron en un fuerte abrazo.      

Una semana después del confinamiento de Antonio, Manuel murió de un ataque al corazón.  La muerte lo encontró leyendo en la biblioteca.

La compleja construcción quedó sumida en el silencio. La maleza poco a poco,  fue apoderándose de ella.


Al despertar Antonio con las notas del saxofón,  sintió pesadez en su cuerpo.  Las paredes y el techo, se veían desvaídos.  A su alrededor solo cables,  electrodos y equipos parecían interrogarlo.  ¿Quién era?  ¿Qué hacía allí?   Trataba de recordar lo que había pasado, pero solo venía a su mente ese abrazo fuerte, que en su momento le dio seguridad. 

Antonio  permaneció todo el día sin tratar siquiera de moverse, sentía miedo y  soledad.  Al día siguiente, cuando sus temores se habían disipado, se sentó en la  ancha camilla, observó sus manos, sus pies, se dio cuenta que podía moverlos y  su rostro dibujó  una pequeña sonrisa.   Trató de pararse pero no pudo, sus articulaciones estaban rígidas, entonces  se dio a la tarea de moverlas. Días después pudo pararse y dar algunos pasos.  Un día decidió apretar el botón verde que parecía llamarlo y temblando logró salir del TE ORA KEI MURI.

Caminó lentamente por la mansión desolada.  En el bar, una mano mecánica con un vaso lleno de moho parecía  haber quedado congelada en el tiempo.   ¿Para quién habría sido esa bebida?  Los muebles y obras de arte que en su momento eran un lujo, estaban irreconocibles, gruesas capas de polvo los cubrían. Recorrió toda la suite hasta llegar a la biblioteca.  El grito de espanto que salió de su boca, le hizo saber que era capaz de producir sonidos.  Sobre un periódico de hojas amarillentas  y con las letras gastadas por el tiempo,  estaba recostado el cráneo de un esqueleto.  Temblando se acercó, pero al tropezar con la mesa,  el esqueleto cayó  al suelo convirtiéndose en polvo.  Tomó el periódico que parecía también deshacerse en sus manos y leyó: septiembre 15 del 2000.  La pandemia ha acabado con el 80% de los habitantes de la isla.   

Retazos de recuerdos acudieron a la mente de Antonio, retazos que poco a poco su memoria iba uniendo.  Abriéndose paso entre la maleza logró llegar al caserío.  La vegetación que  crecía en forma caótica había devorado la iglesia y la mayor parte de las rústicas viviendas.  Caminó por la larga calle, donde pequeños avisos de neón colgaban como fantasmas.  Los restaurantes y heladerías habían sido reemplazados por espacios oscuros y lóbregos, donde desaliñados seres bebían de otras  realidades.  Se dirigió hacia la pequeña plaza de la isla donde contempló a hombres y mujeres desnudos que bailaban arrítmicamente bajo los acordes de un instrumento que Antonio no reconoció.

Volvió sus pasos hacia la playa, no escuchó ya las risas y el  jolgorio de los niños.  La música, invitando a los turistas a tomarse  una cerveza, era cosa del pasado.  Las canoas mecidas por el viento,  parecían esperar con impaciencia que sus dueños las llevaran a desafiar las olas.   La esperanza y la vida habían huido de la isla.  Antonio intentó tomarse la cabeza con las manos, que quedaron suspendidas  al observar que en su muñeca lucía un reloj; como un destello vino a la memoria el recuerdo del  padre y el fuerte abrazo de despedida.  No pudo evitar pensar que se había equivocado en la percepción del futuro.   

Melancólico y cansado desanduvo sus pasos.  Se detuvo en la biblioteca y acarició los libros preferidos que leía con su padre.  A su mente vinieron esos momentos de comunión,  cuando su padre se desconectaba del mundo y  compartían tirados en la arena el ulular del viento y  el sonido de las olas.  — ¡Qué hermosa era entonces la vida!— 

Decidido, entró al TE ORA KEI MURI, conectó y reprogramó los equipos, auto indujo el coma y se sumió en un sueño profundo, con la esperanza de que en su nuevo despertar, la vida floreciera como la recordaba cuando tenía quince años.




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